La trayectoria de la artesanía
venezolana, desde los primeros tiempos de nuestra historia
hasta nuestros días, ha ido construyendo los rasgos
distintivos de nuestra identidad, como individuos y como
colectivo. Ese proceso ha estado determinado por el medio
ambiente y la realidad cultural, social y económica. En este
contexto, surgen expresiones, símbolos, códigos lingüísticos,
viviendas, vestuarios, artesanías, gastronomía, es decir, todo
un mundo cultural que es lo que define al colectivo de todo
pueblo o nación.
Las creencias, artes y valores, las prácticas y tradiciones
que se trasmiten de generación en generación, sugieren la
presencia de una memoria que vive en el espíritu del pueblo,
que vive el presente poniendo en valor las experiencias
ancestrales en la cotidianidad de su quehacer. Es así que los
artesanos crean y recrean a diario nuestras tradiciones,
revalorizando las expresiones y constituyendo una referencia
obligada de nuestra venezolanidad.
Antes de la Conquista, las comunidades indígenas reflejan
su producción creadora en los complejos líticos ubicados en el
período de cazadores; en la cestería, la cerámica y los
trabajos de concha; en los objetos para guardar y preservar
los granos y raíces y en los instrumentos de pesca,
testimonios todos de una producción artesanal que transforma
la naturaleza, reflejando la evolución económica local -es
decir, el ecodesarrollo"-, adaptando y creando tecnologías
adecuadas a las condiciones ecológicas de la región.
A partir del siglo XVI, con la conquista y colonización
española, se transforman estos modos de producción y la
vinculación de las comunidades indígenas con su entorno. Los
procesos de transculturación, afianzados con el mestizaje
biológico, inciden en estas comunidades con el desarrollo de
los cultivos comerciales del café y del cacao, característicos
de la economía de la Colonia, como lo explican ampliamente
Sanoja y Vargas (1983).